La reacción de Creonte fue alimentada por su orgullo y su deseo de mantener el control. No estaba dispuesto a mostrar indulgencia ni compromiso alguno, y estaba decidido a dar ejemplo a Antígona para disuadir a otros de cuestionar su autoridad.
Se negó a escuchar las súplicas de misericordia de Antígona y sus argumentos de que estaba actuando de acuerdo con las leyes de los dioses y los dictados de su conciencia. Estaba convencido de que ella era culpable y merecía ser castigada, y ordenó que la enterraran viva en una cueva como castigo por su crimen.
La reacción de Creonte ante las acciones de Antígona finalmente condujo a su caída y a la destrucción de su familia. Al negarse a mostrar misericordia y compromiso, enajenó a su pueblo y perdió el apoyo de su hijo y su esposa, quienes murieron como resultado de sus acciones. Su terquedad y orgullo finalmente provocaron su propia ruina y la caída de la ciudad.