"Capitán, estamos recibiendo una señal de socorro", anunció la IA del barco, una voz incorpórea conocida como ECHO.
Elara volvió a la realidad. "¿Origen?"
"Desconocido. La intensidad de la señal es débil, pero definitivamente es humana".
Un temblor de inquietud recorrió a Elara. Los humanos eran una rareza en este sector de la galaxia, especialmente fuera de los confines de la Federación Galáctica. "Traza un rumbo", ordenó, con la voz tensa por la preocupación.
El viaje fue largo y la señal parpadeaba a medida que se acercaban a la fuente. Finalmente, el *Aether* emergió de una nube de polvo interestelar para encontrar una nave espacial abandonada, con el casco lleno de cráteres. Una única luz parpadeante pulsaba desde su puente.
Al abordar el barco abandonado, encontraron a una única superviviente, una joven llamada Anya. Yacía en el suelo, débil y herida, con los restos de su tripulación esparcidos a su alrededor. Con cuidado, Elara y su equipo la llevaron a bordo del *Aether*.
Anya, cuando tuvo fuerzas suficientes para hablar, les contó una historia desgarradora. Eran una expedición científica que trazaba una nueva ruta hacia la inexplorada galaxia de Andrómeda. Se habían encontrado con un campo de asteroides rebelde, que pulsaba con una energía desconocida. Su barco había resultado dañado y la mayor parte de la tripulación había muerto.
Elara escuchó atentamente y una creciente sensación de inquietud se apoderó de ella. Ella había visto este tipo de firma de energía antes, sólo una vez, en un informe clasificado sobre el "Vacío", una misteriosa anomalía en la periferia galáctica. Se decía que tenía un poder inimaginable y se creía que su presencia era la causa de los brazos espirales de la Vía Láctea. Pero también se rumoreaba que era extremadamente peligroso, capaz de deformar la realidad misma.
"Tenemos que volver a la Federación", dijo Elara con voz sombría. "Esto no es algo que podamos manejar solos".
Pero cuando el *Aether* giró para irse, ECHO emitió una advertencia escalofriante. "Capitán, las lecturas de la nave abandonada sugieren que la energía del vacío está aumentando rápidamente. Está afectando los sistemas de la nave".
El pánico se apoderó de la tripulación. El barco empezó a temblar y las alarmas sonaron. La nebulosa exterior se retorció y deformó, los colores que alguna vez fueron vibrantes se convirtieron en un negro siniestro y arremolinado.
Elara miró horrorizada cómo la energía del vacío se extendía y sus zarcillos se acercaban a ellos. Ella sabía lo que significaba. Estaban atrapados. Iban a ser consumidos.
"Anya", dijo, con la voz temblorosa, "tenemos que escapar. Ahora".
Anya, con los ojos llenos de miedo, se puso de pie. Señaló la sala de máquinas principal. "Tenemos que utilizar las cápsulas de escape de emergencia de la nave. Es nuestra única oportunidad".
Con una esperanza desesperada, Elara y la tripulación corrieron hacia las cápsulas, con el corazón latiendo con fuerza. Consiguieron despegar justo cuando el barco se estremeció por última vez, envuelto por la oscuridad del vacío.
Mientras se lanzaban a través del espacio, el *Éter* desapareció, consumido por la anomalía. Estaban a la deriva, solos en la inmensidad del cosmos, supervivientes de un horror cósmico que amenazaba con consumir todo a su paso. Y la oscuridad del vacío, que alguna vez fue un susurro en los anales de la historia galáctica, era ahora una realidad aterradora, cuyos zarcillos alcanzaban las estrellas y prometían reescribir la estructura del universo mismo.