Participó en la misión STS-40 en 1991, donde estudió los efectos de la microgravedad en las células humanas. Esta investigación supuso un hito importante en el campo de la biología espacial y tuvo implicaciones potenciales para futuros viajes espaciales y la investigación del cáncer.
Es importante señalar que ella no era solo una pasajera. Fue científica e investigadora en la misión, realizando sus propios experimentos.
Aunque su viaje fue noticia y contribuyó a nuestra comprensión de los vuelos espaciales y el cáncer, es crucial reconocer que su fama no se debe únicamente a ser la primera persona con cáncer en el espacio. Su dedicación a la investigación y su contribución a la comunidad científica son la base de su reconocimiento.